Martes 06 de noviembre de 2007
CARMEN FERRERAS Soy de la opinión de que, efectivamente, necesitamos a los inmigrantes igual que ellos nos necesitan a nosotros, pero de forma regulada y no como viene sucediendo hasta la fecha. España se ha convertido en destino de miles de inmigrantes llegados de prácticamente todos los continentes. Por las peripecias que acompañan a su singladura desde cualquier punto de Africa hasta España, los subsaharianos y los magrebíes parecen ser los únicos inmigrantes de los que da cuenta la información prácticamente diaria. Apenas se dice nada de los que llegan del este de Europa, y más concretamente de Rumania, afincándose en España. No todos llegan aquí con el loable objetivo de integrarse en la sociedad española a través del trabajo, la convivencia y la educación.
Los rumanos constituyen el colectivo con peor prensa de Europa. La mayoría sufre la consideración de delincuentes. “Siempre hay un rumano” suele decirse, cuántas veces injustamente, cuando se produce un acto violento, ya sea la perpetración de un robo o un asesinato. Su mala fama se ha extendido por toda Europa y no son vistos con buenos ojos por los Gobiernos de la Europa común de la que Rumania es país miembro.
Los primeros en reaccionar han sido los italianos. Al gobierno centroizquierdista de Romano Prodi no le ha temblado el pulso a la hora de adoptar una medida drástica sobre la que se polemiza en todo el país. Los rumanos que hayan cometido delitos en Italia han pasado a ser considerados “enemigos número uno”. Tal consideración lleva aparejada su expulsión inmediata a su país de origen. La medida, en opinión de algunos juristas, contraviene la libertad de circulación de la que goza cualquier ciudadano de un país miembro de la Unión Europea.
Sin embargo la mayoría ciudadana se muestra de acuerdo con la polémica ley que fue aprobada con carácter de urgencia tras la muerte en Roma de una mujer italiana, asesinada presuntamente por un rumano. Es que es muy duro, en el día a día de cada país, añadir a los presuntos asesinos y delincuentes propios los otros que llegan, con no muy buenas intenciones, al resto de naciones que conforman la Unión Europea esgrimiendo los derechos, sin deberes, de una ciudadanía que deja mucho que desear en todos los órdenes y sentidos.
Es posible que los buenos ciudadanos rumanos permanezcan en su país de origen y sólo crucen las inexistentes fronteras de la UE, los delincuentes que ni allí ni aquí se quieren. La Policía rumana podría hacer una magnífica labor de información al respecto sólo que no existe la debida coordinación interpolicial que permita tener fichados a los ciudadanos indeseables que nos llegan de allí o de cualquier otro punto del planeta. El Gobierno italiano ha realizado ya las primeras deportaciones que continúan su curso imparable. Y no ha pasado nada, y nadie, dentro o fuera de Italia, ha tachado la medida con algunos de los nombres o calificativos que, ipso facto, se hubieran empleado en España. No es que aquí vayamos de buena fe, es que aquí seguimos siendo unos pacatos, sí, timoratos con escrúpulos absurdos casi siempre equivocados en su orientación.
Cierto que la medida ha sido tomada por un gobierno de centroizquierda, porque si la medida hubiera sido cosa del centroderecha otro gallo hubiera cantado. Se hubieran desatado las iras del Averno protestando por haber resucitado “il fasci di combattimento” de Mussolini. Con respecto a la delincuencia llegada del este y concretamente de Rumania, España no está mejor que Italia, sólo que aquí el Gobierno español, por muy dura y difícil que se tornara la situación, que no es buena para colectivos como el de joyeros y otros empresarios que sufren en primera persona la violencia rumana, nunca, puede que por miedo al qué dirán, adoptaría una medida similar que a Prodi, con más trayectoria política y cartel en Europa, no le ha costado aprobar. Y por eso, la democracia y los derechos humanos en Italia no se cuestionan.




